En 1997, Roberto Benigni, un comediante que ya tenía por detrás una gran trayectoria en Italia, tomó por sorpresa al mundo al dirigir y protagonizar una película sobre el Holocausto judío, pero no una historia con el tono dramático que Steven Spieldberg le había impreso en La Lista de Schlinder, sino un drama con tintes cómicos (para los flojos, dramedia), lo cual causó revuelo desde su anuncio. ¿Sería Benigni tan insensato de evocar los horribles momentos del Holocausto e insertar chistes en eso? Esa es la pregunta con la que muchos al cine entraron a ver La Vida es Bella.

La Vida es Bella parece una cinta con dos historias distintas. En la primer historia vemos a Guido, un camarero de origen judío, enamorarse de una linda mujer llamada Dora, la cual está comprometida con un líder fascista. En medio de los fuertes cambios que Italia vivía durante el ascenso de Mussolini al poder, Guido hace todo lo posible por evitar que Dora se case con ese líder y, en cambio, termine en sus brazos. La segunda parte nos muestra a la familia en plena persecución a los judíos, donde Guido y su hijo Giosué son atrapados y llevados a un campo de concentración, es cuestión de que Guido haga uso de su ingenio, su cordura y su buen humor para que su hijo sobreviva los horrores del Holocausto haciéndole creer que todo es un juego.

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Sin duda, la escena de la bicicleta rematando con el “Buenos días princesa” es uno de los momentos mas divertidos de la cinta.

Un juego, realmente Benigni no duda en resaltar la palabra en todo momento, la vida es bella, pero también es un juego, donde Guido le va enseñando a Giosué que, pese a las adversidades, hay esperanzas de enfrentar la vida con una sonrisa, con valentía y tratando de evitar que el miedo, el hambre y la miseria los acabe. Juego que Guido nos demuestra que se puede ganar, a pesar de que no sea precisamente el hombre más listo o fuerte del grupo, a pesar de  que dicho juego implique a veces hacer fuertes sacrificios, que pueden ir desde la dignidad hasta la vida misma, pero eso sí, con el orgullo por enfrente.

Y en medio de esa lección, Benigni logra hacernos reír pero también llorar y reflexionar. Es una cinta que maneja un guión que cayó en la polémica (sobre todo con aquellos que sufrieron el Holocausto), pero la forma inteligente de Benigni de hacer el guión nos permite digerir la historia en medio de las ocurrencias de Guido, la ternura con la que este hombre ayuda a su hijo a sobrevivir y también el empeño que minutos antes vemos para que el torpe camarero conquiste a Dora.

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Guido explica nuevas reglas a Giosué, todo sea por salir adelante de un momento difícil.

Hay muchos momentos resaltantes en el filme, sobre todo los intentos constantes de Guido para conquistar a Dora con su “buon giorno principessa” (buen día princesa), el ingenio con el que Guido vende un plato de comida que otro parroquiano no va a comer o los juegos que Guido propone a Giosué durante el periodo en el que están en el campo de concentración, sin dejar de lado la emotiva escena final.

Fue lamentable que en las premiaciones, una cinta como Shakespeare Apasionado desplazara a La Vida Es Bella, quizá en la balanza, su desventaja estuvo entre el idioma y el guión, pero que le  dio a Benigni el premio a Mejor Actor y el premio a Mejor Cinta en Lengua Extranjera, con una de las celebraciones más divertidas que se han visto en la entrega. Benigni llegó para hacernos recordar que Italia, cuando quiere, hace grandes películas y que incluso con la estructura hollywoodense puede superar a las producciones americanas.  En todo caso, La Vida es Bella es una cinta que merece la visita al cine, que merece ser nuevamente sacada de la colección y revisitarla, de volver a ver que todo es superable cuando se sabe jugar bien el juego de la vida.